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Bienvenidos a Sediles

Todavía se pueden contemplar desde la ermita de la Virgen , las decenas de bodegas con que contaba Sediles, cerradas hoy a cal y canto e invadidos por la hierba los caminos y ocultas las puertas de acceso por el incontrolado crecimiento de las zarzas. Bodegas como ‘la de Facundo' o ‘la del abuelo de Carlos, Primitivo', con solo nombrarlas, cualquier sedileño sabía de qué bodega se estaba hablando. No hacía falta más.

En ellas, los jóvenes se juntaban en grupos para merendar y beber, y cuando la alegría se desbordaba fruto del buen yantar y el trasiego de unos cuantos jarros de vino, montaban la ronda. Los grupos solían ser de ocho o diez componentes. La mayoría de mozos de Sediles sabían tocar la guitarra, la bandurria o el laúd. En el pueblo llegó a haber más de cuarenta instrumentos.

Cada bodega tenía un solo recipiente en el que todos bebían, bien fuera un vaso, una lata de sardinas vacía, la corteza de medio coco o un jarro, con él que se sacaba el vino de la tinaja. El propietario de la bodega era el que servía vino.

El primer vaso de vino se tomaba antes de empezar a merendar. Una vez se estaba merendando, para dejar de comer y retomar la bebida, uno cualquiera de la cuadrilla pinchaba un pedazo de pan en el tenedor y a la voz de “!mojón¡” lo colocaba sobre el recipiente de donde se estaba comiendo. En ese mismo momento todos debían dejar de comer, y si alguno pretendía hacerlo el resto le golpeaba en la mano con los tenedores. No se podía volver a comer hasta que todos hubieran bebido del único recipiente que había en la bodega.

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