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Bienvenidos a Sediles
En el límite con el término municipal de Villalba, en el paraje denominado como la calera, se encuentra un singular y artificial montecillo. Tras llegar a su cima podremos observar que está horadado en su interior por un pozo circular de unos cuatro metros de profundidad; nos encontramos con la antigua calera de Sediles, horno que era explotado por D. Julio Ceamanos y su hijo Facundo.

Las estribaciones de la Sierra Vicor por su lado Sur son una sucesión de erosionadas y redondeadas montañas calizas que se han utilizado para la fabricación de yeso y cal. La elección de este lugar no es casual, aunque en un principio se pensó en localizarla en el extrarradio de Sediles motivado por la comodidad para los días del encendido del horno, al final la practicidad de los afloramientos de piedras calizas de esta zona se impuso a la comodidad.

La cal o cal viva se obtiene de someter las rocas calizas a temperaturas próximas a los 1000 grados centígrados. Esta cal es un producto muy cáustico que mezclada con el agua se convierte en cal apagada o hidróxido de cal.

Los usos de la cal han sido desde antiguo variados ya los romanos mezclándola con la arena, ceniza y grabas crearon lo que denominaron “ opus caementicium “ lo que hoy conocemos como hormigón, ejemplo de esto lo podemos ver en las cisternas de la cercana Bílbilis. Así a parte de la elaboración de mortero o argamasa para la construcción, se ha usado en la pintura mural al fresco, como lechada de cal para blanquear edificios, para la desinfección de árboles, enfermedades contagiosas y viviendas al enmarcar las ventanas, puertas y balcones de las casas con esta sustancia bien sola o bien mezclada con azulete. Además se usó para secar los espacios cerrados, para prevenir la putrefacción de aguas estancadas, para curar diarreas y vómitos y en numerosos procesos industriales.

La calera o horno tradicional de cal se construyó excavando un pozo circular que, en parte, aprovecha el desnivel del terreno y se situó cerca de la cantera. Tiene unos cuatro metros de profundidad y una capacidad superior a los cuatro metros cúbicos, en la parte inferior del pozo se forma un poyete en su perímetro que se utiliza como base para construir la bóveda de piedras calizas que se cocerán; bajo la cual se crea el espacio suficiente para quemar la leña.

El calero y sus ayudantes acometían una tarea que requería sabiduría y destreza, cual era la de “armar” el horno, que consistía en llenar el horno de piedras.

Situado el calero en el fondo del horno, comenzaba a colocar una piedra tras otra a partir del poyete circular(6). El lento, y laborioso trabajo del calero hace que el horno se vaya colmando de piedras, cuidando de que a medida que estas van subiendo se vaya formando una bóveda(7) que permitirá, que las piedras se sostengan simplemente apoyándose unas sobre otras. No todas las piedras son iguales; hay que colocar primero las armaderas(4), después los trasquillones(3), seguidos de los cantos(2), para calzar estas piedras más grandes usadas en la base se colocaban otras más pequeñas denominadas ripio(5) cerrando la bóveda con la clave(9).

Pero además, debía cuidar al colocar ordenadamente las piedras, no solo de fabricar una bóveda resistente, sino de que el calor producido por el fuego en el hogar(10) del horno, se extienda por igual en toda la masa pétrea que ocupa la totalidad del horno. Es clave que entre las piedras se vayan dejando huecos por los que pasarán las llamas y además en su conjunto harán de chimenea. Todas las piedras deberán de entrar en contacto con el fuego para oxidarse por incandescencia.

Una vez lleno el horno, la parte externa de la piedra, que aparece al nivel de la superficie del terreno(1) en forma de bóveda, es recubierta por cascotes y tierra(8), a modo de tapadera, al objeto de aprovechar óptimamente el calor.

En la parte inferior y exterior del horno se encuentra el orificio o boca que conecta con la bóveda, y es por este hueco por donde el calero introducía la leña que previamente había traído en cargas con las caballerías. La hornada duraba encendida tres días completos y eran necesarias 80 cargas de leña, cada carga era la cantidad de madera que podía transportar un “abrio” y solía ser de 8 fajos. La leña usada solía ser zarzas, aliagas, restos de poda, enebros y ramas de chaparro que se solía recoger del paraje de San Martín ya que la leña antaño era un bien de primera necesidad, y la madera buena se reservaba para cocinar o para calentar.

El horno construido y enterrado en un montículo de tierra deja sólo al descubierto la parte frontal en que estaba situada la puerta, flanqueada por unas pequeñas paredes que sujetaban la tierra a los lados haciendo abrigo. Entre estas paredes se levantaban dos pilares pétreos que servían de punto de apoyo para las vigas cabeceras que sujetaban la techumbre hoy ya derruida.

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