ORIGEN Y EVOLUCIÓN DEL APELLIDO SEDILES

Dr. D. Fco. J. Alfaro Pérez

Cátedra de Emblemática Barón de Valdeolivos IFC (CSIC)

Universidad de Zaragoza

Departamento de Historia Moderna y Contemporánea

(Conferencia impartida en Sediles –Zaragoza- el 20 de julio de 2007 con motivo del I Encuentro Internacional del apellido Sediles).

Autoridades, asistentes, buenas tardes. Es para mi un honor el poder ayudar de algún modo al desarrollo cultural y humano de un pueblo como Sediles, pequeño en población pero grande en inquietudes, trascendencia y ansias de conocer su pasado para utilizarlo como punto de referencia, de identidad, desde el que afrontar su futuro. Y en este camino siempre tendrá tendida la mano de la Cátedra Barón de Valdeolivos de la Institución Fernando el Católico (CSIC) a la que en este acto represento.

La charla que les voy a impartir tiene como título Origen y evolución del apellido Sediles y para ponernos en situación debo adelantarles que no existe, o al menos no conozco, ningún estudio amplio y serio sobre este apellido, por lo que a continuación procederé a exponer y plantear una serie de puntos claves sobre los que, a mi modo de ver, han de basarse próximas investigaciones sobre esta cuestión. Guante que tiendo para aquellas personas que lleven este apellido, o para cualquier otro vecino del lugar, y que espero recojan con agrado, sumando lo que aquí se diga a estudios genealógicos familiares que seguramente algunos ya habrán iniciado.

Estas más bien breves palabras que les voy a dedicar están orientadas de este modo a exponer de manera ordenada las bases sobre las que sustentar un estudio genealógico científico más amplio sobre dicho apellido Sediles.

Obviamente hay que comenzar por plantear cual fue el origen y el sentido del apellido con carácter general, no sólo el que lleva por medio mundo el nombre del lugar que hoy nos acoge. No se preocupen, ni me voy a remontar a la Biblia ni les voy a abrumar con bibliografía, teorías ni autores. Simplemente, creo que es bueno tener siempre muy presente que dado que los nombres propios de personas son limitados, repetidos en mayor o menor medida en función de modas, momentos políticos y lugares (baste recordar como ejemplos de nuestros días la proliferación de Paulas, Víctor, Jonathan, Sehila, etc. como ejemplo de los primeros, José Antonio o Francisco de los segundos (en referencia a Primo de Rivera y Franco) o Pilar en Aragón en particular, Fermín o Javier en Navarra, Montserrat en Cataluña, Desamparados en Valencia, Rocío en Andalucía, etc. etc. etc.), por lo cual cuando dos personas se llamaban igual era preciso introducir un segundo e incluso un tercer nombre que los diferenciara, nombres secundarios a los que conocemos como apellidos. Estas necesidades hoy en día prácticamente han desaparecido desde el momento en que todos somos reducidos a un número de identificación personal, un DNI. Así pues, volviendo al origen del apellido, cabe decir que éste se remonta seguramente a la antigüedad más remota, teniendo un sentido estrictamente identificativo.

En la Grecia clásica, entre otros apellidos, figuraban del mismo tipo que el que hoy nos reúne, como fue el caso del célebre filósofo Tales de Mileto, entre otros. Algo después, como ven voy a grandes saltos, pero creo que así se entenderá mejor lo que les explico, ya en época romana, el nombre de las personas, de los ciudadanos, se componía de tres partes introduciéndose el concepto o la idea de familia o de estirpe, con ansias siempre de poder identificar a una persona concreta, sería el caso, entre otros muchos, de Cayo Julio Cesar. O actualmente, por poner un ejemplo contemporáneo de fuera de nuestra cultura, sería el caso, entre otros, del célebre dictador iraquí Sadam Hussein, quien en realidad se llamaba o era conocido como Sadam Hussein al Tikrit, esto es Sadam Hussein el de Tikrit.

Caído el Imperio Romano y la cultura occidental, tras las invasiones bárbaras, la ocupación mahometana, con la Reconquista cristiana de esto que hoy, como ayer, conocemos por España, Hispania, comenzaron a aparecer con cierta abundancia en las fuentes escritas nombres y apellidos de personas. Primero de las personas más pudientes o relevantes, reyes, religiosos, nobles, propietarios, héroes, gentes pudientes, etc., para con el tiempo, poco a poco, ir asomando en las mismas nombres de personas que formaban parte del pueblo llano.

Aunque como ya les he comentado el origen del apellido es muy antiguo, no es menos cierto que el apellido no ha sido siempre como lo entendemos en estos momentos. Hoy tendemos a pensar que el apellido es algo estático que permanece inalterable al paso del tiempo transmitido de generación en generación, de varón a hijos. Bueno al menos hasta hace unos años, pues como ya saben ahora la madre, soltera o no puede poner primero su apellido y así es su voluntad, tal y como históricamente se ha venido haciendo en otros países como Portugal. Pero en realidad el apellido, el nombre, cualidad o adjetivo identificativo, era algo utilizado antiguamente tan solo cuando la identificación de la persona no era clara y, por lo tanto, el mismo podía cambiar e incluso una persona podía ser conocida por distintos apellidos en un mismo momento. Sobra pues decir que el apellido era algo flexible, maleable y variable.

Es a partir del siglo XV cuando el apellido comenzó paulatinamente a fosilizarse, a fijarse en estas tierras. Posiblemente primero lo hicieron las elites locales, pues querrían ser reconocidas, admiradas y honradas como lo que eran, para posteriormente ir haciéndolo el resto de la población. Durante las dos centurias siguientes, siglos XVI y XVII no es extraño ver como algunas personas todavía mudaban su apellido, aunque cada vez esta tendencia fue reduciéndose hasta llegar prácticamente a lo anecdótico a partir del siglo XVIII.

En cuanto a los tipos de apellidos estos pueden dividirse, principalmente, entre los que tienen su origen en un nombre propio como hijo de, esto es: Juan Pérez por Juan hijo de Pero (Pedro), y así Martínez (de Martín), Rodríguez (de Rodrigo), Fernández (de Fernando), etc.; los que tienen su raíz en un determinado oficio: Herrero, Ferrer, Panadero, Carnicer, etc.; en una condición como son Hidalgo, Expósito, Moro, Ladrón; en una característica física: Calvo, Bermejo, Rubio, Moreno, Mellado, Pardo, de la Cerda, etc.; o toponímico, haciendo notar el origen de la persona: Navarro, Catalán, Castellano, Aragonés, Francés, Álava, Zaragoza, Sevilla, Tudela, Tarazona, Calatayud, o nuestro Sediles.

Al leer la documentación antigua, me estoy refiriendo a la generada desde la Baja Edad Media hasta el año 1700, más o menos, es muy común el conocer a las personas por su nombre seguido del identificativo, mayor o menor, padre o hijo, cuando ambos se llamaban igual, pues hasta el mote o sobrenombre era heredado. Ello denota que el empleo del segundo apellido, el de la madre, era algo muy raro y poco utilizado entre las personas de la época.

Centrándonos en el grupo de apellidos que más nos interesa, el de los toponímicos al que pertenece el apellido Sediles, hay varias observaciones que es preciso hacer. Acaso la más interesante es la de entender que algunos de los que en nuestros días han llegado en una forma sencilla, en realidad, son apellidos que parcialmente mutilados, aunque no siempre es así. Los apellidos toponímicos aluden al lugar de origen que algún día tuvo un inmigrante. Esto es, por ejemplo, Juan o Joan de Sediles. Cuando la tradición familiar o del lugar, o según el momento más o menos avanzados en que se produjo la emigración e inmigración correspondiente, la persona pudo conservar su apellido al que se completaba con el de su lugar de origen, esto es, poniendo un ejemplo hipotético, Joan Ximénez de Sediles. Así es como surgieron ilustres apellidos como los Sanz de Acedo, Sánchez de Alfaro, Guarás de Villaba, Fernández de Moratín, Gómez del Moral, etc. Posteriormente, a lo largo de los siglos XV, XVI y XVII, algunos de ellos mudaron bien para mantener el apellido genérico y más común: Martínez, Fernández, Sanz o Sánchez, bien para conservar el toponímico: Acedo, Alfaro o Villaba, como Carmona, Sevilla, Barcelona, Tuy, Borbón, Orleáns, etc.

Una última precisión sobre estos apellidos toponímicos es la referente a la equívoca idea de vincular o relacionar a este grupo de apellidos, o a algunos de ellos, con un origen expósito. Como ya conocen hasta no hace demasiadas décadas era usual no llevar a los niños no deseados o no mantenibles al orfanato, siendo abandonados, expuestos, en las puertas de iglesias, conventos, puentes, entradas de pueblos etc. Pues bien, de un modo quizá no del todo falso, pero si tremendamente marginal, estos niños muy rara vez (por decir alguna) mantuvieron como apellido el nombre del lugar en que fueron hallados. Este procedimiento, que efectivamente se ha empleado en el siglo XX, dando lugar a apellidos de lugares, fue seguido ocasionalmente en época de la dictadura de Franco con la pretensión de que esos niños abandonados no quedaran estigmatizados de por vida con apellidos que denotaban un origen dudoso. Antes de ese momento, los niños expósitos solían ser bautizados donde eran hallados, dándoseles un apellido provisional que bien podía ser el de sus padrinos o el del lugar donde se encontraron: Puerta o la Puerta, Iglesias, Puente, Las Heras, o incluso el del santoral San Miguel, Ramos, San Mateo, etc. Después, los niños eran llevados a hospitales de Gracia, de Gratis, donde en su mayoría fallecían, y los que sobrevivían adoptaban el apellidos del hospital, en Galicia Rey, en referencia al Hospital del Rey de Santiago de Compostela, o aquí en Aragón Gracia, por el Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia.

De todo ello se puede deducir que el apellido Sediles es obviamente un apellido toponímico creado por algunos naturales del lugar de Sediles tras emigrar del mismo. Sediles es como llamaban a los de dicho lugar cuando tras casar, ir a trabajar, o en su transcurso vital se instalaban en otras poblaciones. Dado que este comportamiento es general, tan sólo puede explicarse la proliferación o no de determinados apellidos toponímicos en función de dos factores, el tamaño de la localidad de origen y en su sonoridad. En cuanto al primer factor la lógica es aplastante, es fácil entender que de una población de gran tamaño podían salir más naturales que adoptaran aquel nombre como apellido que de poblaciones pequeñas donde los vecinos eran menos. El segundo factor es quizá algo más extraño pues la sonoridad, la facilidad de comprensión y repetición e incluso la belleza o no del nombre toponímico influyó decisivamente en su pervivencia o extinción a lo largo del tiempo, sería el caso, por no centrarnos en un apellido que puedan identificar, con lo que sucedió con los nombres de dos lugares sorianos o riojano-sorianos como fueron, como son, Degüellacabras que evolucionó hacia Desuellacabras y Suellacabras, que suena más suave, o Hacerhijos que lo hizo hacia Acritos o Crijos. Ya a modo de relax, pero relacionado con todo esto que les comento, algunos de ustedes quizá hayan visto la película titulada Los visitantes no nacieron ayer , interpretada por el actor hispanofrancés Jean Renó, en el que quién hacía de su vasallo tenía por apellido Delcojón, y cuyo descendiente, para encubrir semejante apellido malsonante lo había cambiado o modificado por Delculón que en francés puede sonar algo mejor. Este hecho desarrollado en dicha obra a modo de chanza tiene su base y sus ejemplos históricamente constatados.

Pero centrémonos en el apellido Sediles. No entraré en el estado de la cuestión sobre el origen etimológico del nombre Sediles, mas allá de recalcar que el mismo es muy antiguo, tal y como lo conocemos al menos data desde época medieval. Y si antiquísimo es el nombre aun lo es más la población asentada en las inmediaciones de este lugar. Pascual Madoz en el siglo XIX se preguntaba si el nombre Sediles derivaba del latín Sedilia-Sediles, banco de piedra, aunque los yacimientos muestran restos sin duda prerromanos-celtibéricos, acaso relacionados con Segeda o Secaisa.

Proceda de donde proceda, como ya hemos dicho, en época bajomedieval este lugar ya era así conocido. A tenor de la información obtenida de contemporáneos de diferentes épocas, Sediles a lo largo de la historia ha sido un lugar bello, pero con escasos recursos para el sustentos de sus naturales, como acreditan Miguel Monterde y López de Ansó en su Ensayo para la descripción geográfica, física y Civil del Corregimiento de Calatayud (1788) o el propio Madoz, entre otros. Seguramente este es el motivo que ha impedido que este lugar experimentara un importante desarrollo o crecimiento demográfico. En 1367 Sediles contaba con 24 fuegos (menos de 100 personas), pero un siglo después hacia 1489-1495 la población, amén de un posible ocultamiento en las fuentes hacendísticas, se había reducido prácticamente a la mitad, datos que se mantienen hasta el siglo XVII, aunque el origen de los mismos es de dudosa fiabilidad tal y como son recogidos por Tomás Fermín de Lezaun en su Estado Eclesiástico y Secular de las poblaciones y antiguos y actuales vecindarios del Reino de Aragón elaborado ya en el siglo XVIII (en 1778).

Así pues, si como hemos dicho, sin duda, el origen del apellido Sediles tuvo lugar en las personas naturales de este lugar que emigraron, y ahora decimos que en este lugar nunca hubo muchas personas, es lógico imaginar que el desarrollo y expansión de este apellido, en principio, fue muy limitado.

Seguramente, el escaso número de personas con este apellido durante la Edad Media y la Edad Moderna sea el motivo por el que no hemos hallado a ninguna de ellas ni en los libros de armería, ni en los asientos de Corte del reino, ni tampoco hemos encontrado ninguna ejecutoria de hidalguía de ninguna familia Sediles. Aunque como he dicho al comenzar la charla el estudio de este apellido en gran medida sigue siendo muy básico y acaso pudiera deparar futuras sorpresas. En cualquier caso no está demás el hacer aquí un pequeño alto para recordarles que las personas que posean este apellido no deben dejarse llevar por las propagandas baratas y poco científicas que en ocasiones emiten bancos, supermercados, etc., donde sin base alguna divulgan escudos de apellidos sacados de catálogos e incluso inventados fabulosamente. En primer lugar porque los escudos auténticos pertenecen a familias y personas que no a apellidos de tal modo, por ejemplo, que durante todo el siglo XVIII, asentada ya la Dinastía de los Borbón en España, con su Corte, sus modos, sus armas y apellido, no es nada extraño encontrar en la documentación otras personas de origen francés y del mismo apellido Borbón asentadas en Aragón y otros puntos de España consideradas pobres de solemnidad, sin armas, escudos ni hidalguía; y en segundo lugar, porque el hecho de que un apellido o una familia haya poseído en el pasado una ejecutoria de hidalguía y armas o no, no implica mayor o menor honra.

Para finalizar, y un poco a modo de resumen, puede aventurarse sin miedo al equívoco que el origen del apellido Sediles tuvo lugar, como muy tarde en el siglo XV, pese a no estar totalmente fijado hasta las centurias siguientes. El mismo nació o surgió en los lugares vecinos más inmediatos, como sucede habitualmente con los apellidos toponímicos relacionados casi siempre con un lugar de naturaleza y una dinámica migratoria. En 1495, en los 14 fuegos que integraban la población de Sediles hallamos tres cabezas de familia con apellido Franco más un Rogel, Lázaro, de Langa, Gastón, Ibáñez, de Mara, Palacio, Pérez, Montañés y Cabrero, sin especificarse el del vicario (nombre que en sí también evolucionó o tomó forma de apellido). Acaso las dos primeras personas conocidas recogidas por las fuentes más antiguas que tuvieron por apellido Sediles, de entre otras que lo tuvieron pero no conocemos, fueron Simón de Sediles, vecino de Calatayud en 1495, representando a un único fuego con este apellido en una población inmediata y de notable población (Calatayud poseía por aquel año 1.031 fuegos); y Miguel de Sidiles, con i (posiblemente una errata del escribano) vecino aquel mismo año en El Frasno (lugar de la Sobrecullida de Calatayud tres veces mayor que Sediles), tal y como figuran ambos en el fogaje general de 1495. Es de suponer, por lo tanto, que tras unos siglos XV, XVI y, posiblemente, hasta después de la crisis demográfica del interior peninsular, no fue hasta el siglo XVIII, cuando aquellos descendientes de los primeros Sediles comenzaron verdaderamente a crecer y multiplicarse extendiendo este apellido, primero por los lugares próximos a Sediles, luego por los que orientaba su inmigración al bajar de la sierra al valle del Ebro y, a partir ya del siglo XIX y después durante todo el siglo XX, por el resto de España, Europa, América y medio mundo, destacando algunos de ellos como militares tanto en Hispanoamérica como en la célebre y trágica Batalla del Ebro librada durante nuestra Guerra Civil.

Sinceramente, espero que esta breve charla les haya ayudado a contextualizar el origen y la evolución que ha seguido el apellido Sediles, objetivo que me marqué cuando se me solicito que viniera a hablarles, junto con el no menos importante de animar y en la medida de lo posible contribuir a fomentar los estudios no sólo de este apellido sino de este lugar como los de su entorno. Gracias